Hoy ha sido una de esas mañanas que nos gustan a los dos, sentados en el salón de casa con tiempo y la tele apagada. Le saqué el tema de la celebración del Corpus en el pueblo, con eso bastó para arrancarla, enseguida me recordó que ese día se me bautizó y como lo celebraron en familia "jincándose" un gallo que mató mi abuela para la ocasión, no había más, me ha hablado de mil cosas sin orden cronológico, no hacía falta, lo mismo me hablaba de mi tío Chato el carbonero que de la tela que le regaló con Pedro con la que María Juana "la coja" me hizo una "camisina", de la pluma que llevaba en la cabeza en su boda a lo que le gustaban las brevas y los caquis.
De Fernando, el cartero que vendía telas a la primera muñeca que tuvo, una de trapo que le hizo Damiana, la hermana de María, siendo una niña, de como hacía el estraperlo mi abuela Rosario a cómo se transmitía la ropa que se heredaba entre hermanos por razón del crecimiento. Se ríe del pasado y no me habla de calamidades.
De Horacio, un vecino que se llevó a mi abuelo Porras a trabajar en la Renfe para no ser movilizado e ir a la guerra, para nada porque no le gustó y se volvió al pueblo, del bebedero de la Pared Nueva donde se cayó de morros mi padre, de la viña del tío Julio, de los dos muchachos que murieron ahogados en la charca, de la "Pelotona", de mi tía Serapia, del tinao y la cochina que no engordaba a la trenza de mi tía Julia. Estábamos disfrutando los dos.
Mi madre tiene casi 90 años y no olvida la historia de su vida, habla con orgullo de la humildad de su familia, de cómo sus padres sacaron adelante cinco hijos, se acuerda de todo, sin cortinas, dudas ni bruma, ahora bien, no le preguntes lo que cenó ayer, eso le da igual, lo importante es lo que importa.
Foto cedida por Fátima Hernández.

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