sábado, 13 de junio de 2026

Abuelas.



Por aquel entonces muchas, muchísimas de nuestras abuelas no sabían leer ni escribir, la vida no se lo permitió. Recuerdo que la mía, por la tarde y ya con la fresca, sacaba la silla a la calle y yo, sentado al lado la leía alguna página de cualquiera de las muchas revistas desfasadas en el tiempo que escondía mi tío Faustino en una especie de cuarto que había en el corral y al que se accedía con una escalera de madera que se apoyaba en la pared. 

Mi lectura a aquella edad tampoco creo yo que fuera muy dinámica, pero bien recuerdo que a ella le encantaba, yo la leía siguiendo la línea con mi dedo y ella miraba los "santos" siempre sonriendo, pero a lo que voy... Como mi abuela muchas, no sabían leer ni escribir, eso es así pero nos trasmitieron el mejor de los conocimientos, el de su cultura, la de la sabiduría emocional. Mi abuela Andrea era capaz de hablar sin abrir la boca, de ver sin mirar y sobre todo lo más gracioso, de comer sin dentadura. No la quería ni ver. 

Su titulación pasaba por sus interminables ráfagas de besos de metralleta, su risa desencajada, su permanente alegría, su mandil a cuadros, su siempre húmedo pañuelo multiusos con el que lo mismo te limpiaba la cara que se sonaba los mocos. Sus zapatillas de casa negras, la bata de guata almohadillada y el moño con horquillas que no sé como pero abría con los labios. Su paso siempre ligero, sus manos calientes, su voz cantarina, su fama de buena persona y el amor por la familia la convirtieron en el centro de todos, en el inolvidable y eterno icono familiar.

Nuestras abuelas no sabían leer ni escribir pero tenían educación y la mía marcó mi memoria con la inmortalidad de su recuerdo, en letras doradas, con tinta de dulzura nacida del amor más puro.

Así era ella.

Foto.- Mis abuelos Domingo y Andrea.


viernes, 5 de junio de 2026

Lo importante.



Hoy ha sido una de esas mañanas que nos gustan a los dos, sentados en el salón de casa con tiempo y la tele apagada. Le saqué el tema de la celebración del Corpus en el pueblo, con eso bastó para arrancarla, enseguida me recordó que ese día se me bautizó  y como lo celebraron en familia "jincándose" un gallo que mató mi abuela para la ocasión, no había más, me ha hablado de mil cosas sin orden cronológico, no hacía falta, lo mismo me hablaba de mi tío Chato el carbonero que de la tela que le regaló con Pedro con la que María Juana "la coja" me hizo una "camisina", de la pluma que llevaba en la cabeza en su boda a lo que le gustaban las brevas y los caquis.

De Fernando, el cartero que vendía telas a la primera muñeca que tuvo, una de trapo que le hizo Damiana, la hermana de María, siendo una niña, de como hacía el estraperlo mi abuela Rosario a cómo se transmitía la ropa que se heredaba entre hermanos por razón del  crecimiento. Se ríe del pasado y no me habla de calamidades.

De Horacio, un vecino que se llevó a mi abuelo Porras a trabajar en la Renfe para no ser movilizado e ir a la guerra, para nada porque no le gustó y se volvió al pueblo,  del bebedero de la Pared Nueva donde se cayó de morros mi padre, de la viña del tío Julio, de los dos muchachos que murieron ahogados en la charca, de la "Pelotona", de mi tía Serapia, del tinao y la cochina que no engordaba a la trenza de mi tía Julia. Estábamos disfrutando los dos.

Mi madre tiene casi 90 años y no olvida la historia de su vida, habla con orgullo de la humildad de su familia, de cómo sus padres sacaron adelante cinco hijos, se acuerda de todo, sin cortinas, dudas ni bruma, ahora bien, no le preguntes lo que cenó ayer, eso le da igual, lo importante es lo que importa.

Foto cedida por Fátima Hernández.