Por aquel entonces muchas, muchísimas de nuestras abuelas no sabían leer ni escribir, la vida no se lo permitió. Recuerdo que la mía, por la tarde y ya con la fresca, sacaba la silla a la calle y yo, sentado al lado la leía alguna página de cualquiera de las muchas revistas desfasadas en el tiempo que escondía mi tío Faustino en una especie de cuarto que había en el corral y al que se accedía con una escalera de madera que se apoyaba en la pared.
Mi lectura a aquella edad tampoco creo yo que fuera muy dinámica, pero bien recuerdo que a ella le encantaba, yo la leía siguiendo la línea con mi dedo y ella miraba los "santos" siempre sonriendo, pero a lo que voy... Como mi abuela muchas, no sabían leer ni escribir, eso es así pero nos trasmitieron el mejor de los conocimientos, el de su cultura, la de la sabiduría emocional. Mi abuela Andrea era capaz de hablar sin abrir la boca, de ver sin mirar y sobre todo lo más gracioso, de comer sin dentadura. No la quería ni ver.
Su titulación pasaba por sus interminables ráfagas de besos de metralleta, su risa desencajada, su permanente alegría, su mandil a cuadros, su siempre húmedo pañuelo multiusos con el que lo mismo te limpiaba la cara que se sonaba los mocos. Sus zapatillas de casa negras, la bata de guata almohadillada y el moño con horquillas que no sé como pero abría con los labios. Su paso siempre ligero, sus manos calientes, su voz cantarina, su fama de buena persona y el amor por la familia la convirtieron en el centro de todos, en el inolvidable y eterno icono familiar.
Nuestras abuelas no sabían leer ni escribir pero tenían educación y la mía marcó mi memoria con la inmortalidad de su recuerdo, en letras doradas, con tinta de dulzura nacida del amor más puro.
Así era ella.
Foto.- Mis abuelos Domingo y Andrea.




