Hoy la carretera ha cambiado, la trazada no es la misma pero hasta no hace muchos años, camino de Alburquerque y poco antes de llegar a los Manantíos había una larga curva a derechas y en sentido contrario a su misma altura, una gran encina, muy grande, para mi siempre fue y será la "encinona".
Esa encina forma parte de la historia de mi familia, de mi vida. Hace cerca de setenta años pues aún no había nacido yo, en aquel punto y a la sombra de aquella encinona estaba parado mi abuelo Porras subido a un carro del que tiraban dos mulas y tumbada sobre la plataforma, iba mi abuela Rosario medio tapada con una manta. Era su último viaje. Mi abuelo la llevaba a morir al pueblo, a su casa. Tenía sólo 48 años.
Allí fue, allí mismo, allí se cruzaron con mi padre y mi tío Pepe que caminando volvían del campo hacia Valdespinar. Allí se despidieron de ella para siempre.
Unos años después, yo tendría unos ocho o nueve más o menos, un día por la mañana me llevó mi padre hasta allí, aparcó bajo la encina y sentados en un cancho, con poco disimulables lágrimas de pena y emoción me contó la historia.
Hoy, 55 años más o menos después de aquella mañana de lágrimas y silencios sigo recordando con total exactitud la curva de la encinona y cada vez que pasamos por allí se lo comento a quien me acompañe, me da lo mismo que la carretera haya cambiado, que la trazada no sea la misma pero allí, a menos de 50 metros sigue la encina, en medio de la curva que hoy no existe, en el lugar donde mi padre dijo adiós a su madre para siempre.
Así pasen los años la encinona vivirá conmigo, forma parte de la historia de mi vida, de mi familia y de mi.
