jueves, 22 de noviembre de 2018

Otro cantar.


Tenía una habilidad sorprendente y en un pispás te hacía la faena. Aquello me podía. Para mí era otro cantar, de hecho creo que debí de presenciarlo una sola vez, el resto lo suponía más que nada por la evidencia de los tenebrosos vestigios que iba dejaba mi abuela.
Recuerdo un pitas pitas por aquí y mucho alboroto en el corral y cuando te dabas cuenta te veías rodeado de un muy peculiar y penetrante olor a pelo quemado, una granulada piel de un amarillo tétrico a más no poder y plumas encogidas en un barreño flotando. Lo de las patitas con cuatro dedos puntiagudos junto a una encrestada cabeza de gallo degollada era otro cantar…
Mi abuela era una sonrisa permanente, una mujer muy madre y abuela y sobretodo muy feliz, maravillosa y extremadamente cariñosa pero, cuando pillaba la faca en el corral… aquello era otro cantar. Y no de gallo precisamente.

lunes, 29 de octubre de 2018

La memoria.

La memoria aflora las sonrisas sembradas en tus recuerdos, reúne en sus palabras la cosecha del amor que te regaron, hace presente la idílica lógica del corazón, ventila nombres que te suenan, apodos conocidos y anécdotas mil veces vividas.
La memoria levanta la persiana de la vida, te pone al corriente de ti mismo, te carga las pilas de realidad, de aquellos gestos, de aquel tiempo compartido con los protagonistas de historia inacabada.
La memoria te enciende el alma con ensoñados relatos de tu pasado, con la aterciopelada luz de la verdad y el dulce aroma del cariño, te canta con acento emocionado, te habla con cercanía de un pasado lejano, con el timbre de tu sentimiento, con tus raíces como fuente del recuerdo, de una verdad lapidaria, de una vida pasada pero conocida, pública y sin tapujos, con el orgullo de la verdad y la dignidad de la humildad.
La memoria hace presente la desbocada risa de tu abuela, su moño, su arrugada mano y sus besos de metralleta, la memoria es un trozo de cielo donde por siempre vivirá el amor.



jueves, 27 de septiembre de 2018

Imágenes a mi nombre.


Recuerdos sueltos de un pasado presente, imágenes a mi nombre, sonido de voces y acento de gente. Un pan de rojo teñido, una navaja vieja, una mesa camilla, un zaguán caliente, un corazón abierto, un reloj sin tiempo que marca el presente.
Un mandil doblado, un tapete de ganchillo, medias negras, muda blanca, patio abierto y deberes de cuadernillo.
Un tebeo viejo, una cesta de mimbre, un botijo en el suelo, una puerta sin timbre. Un gallo portugués, un amor de antes, una pasión después.
Un paseo al tinao, sandalias cruzadas, polvo entre los dedos, tinaja en la cabeza, ermita abierta, rezos y credos.
Pantalón corto, rodilla marcada, pelota de cuero y amor en la mirada. Colchón de lana, olor a abuelo y chaqueta de pana.
Es vida al otro lado del tiempo, de un viaje de recuerdos sueltos, de sensaciones  y lágrimas a destiempo. 
Son imágenes a mi nombre.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Cosas importantes.


Hoy me he dado cuenta que en casa tengo cosas importantes, tan importantes que no son sólo cosas. Su existencia es toda una paradoja, es una cosa que está ahí, con la puerta del armario cerrada, sin propietario recordado, guardando memoria de un olvidado con la paciencia propia de las cosas que se saben con historia.
Son cosas viejas, tan importantes que no son sólo cosas, son cosas entrañables, antiguas, cosas paradas en el tiempo, venidas de mi pasado y mi historia. Cosas que están ahí, con la puerta cerrada, cosas con la paciencia de las cosas que no son sólo cosas.

miércoles, 11 de julio de 2018

Un lugar de paz.


El Cristo en mi pueblo es un lugar de paz compartida, de paseo y estancia, de encuentro y espera, de miradas al infinito con mi abuela, con su aura. Es un lugar de onda en su compañía, la de una mujer adelantada a su tiempo con quien aún hoy, muchos años después tengo una onda especial, un sentimiento vivo que contagia alegría, cariño y amor a borbotones.
El Cristo en mi pueblo es su sitio, el de quien sólo veía lo bueno de lo malo y disfrutaba de cada momento con prisa por vivir, por llenarme de amor infinito.
A ella le debo la pasión por mi pueblo y mi tierra, su nombre en mil recuerdos, cien mil tímidas sonrisas y un millón de besos en lágrimas de amor y orgullo.
El Cristo en mi pueblo es un lugar para sentir, para dar vida a la eternidad de los recuerdos y resembrar la huella de mi alma.
Mi pueblo es un lugar de paz.

viernes, 15 de junio de 2018

A veces.


A veces los recuerdos supuran tal armonía que infectan la razón, a veces ese amor en sobredosis nos colma de una ternura sin fin, inagotable e inoxidable al roce de las lágrimas.
A veces los recuerdos nos bañan de encanto, de calor de pan, de la blancura de una sencillez eterna, sensible al paso de las vidas, a las edades de la muerte.
A veces los recuerdos dominan, baten en giro el sentido del tiempo y pueden con la esencia de lo imposible hasta hacer presente un sueño, hasta sentir la caricia de una mano ausente, el gesto alegre de aquella viva mirada, de aquel ademán propio y oculto entre la rutina del pasado.
A veces los recuerdos arrancan una tímida sonrisa de donde a escondidas brota una lágrima, un inevitable escape de amor a reventar, una indisimulable pena.
A veces no me acuerdo de todo y temo olvidar, dejar de recordar, a veces.


lunes, 11 de junio de 2018

El corazón de la verdad.


Los recuerdos no conocen mentira ni llevan disfraz, no hay más disimulo que su olvido, las caras borradas por la edad no levan careta y se dibujan con pinceles de nostalgia, con brochas empapadas en la libertad de la voluntad.
Los recuerdos no tienen guión, no improvisan de la nada ni dejan el tiempo atrás, viven de experiencia vivida, de abrazos sentidos, besos recibidos y voces oídas, de olores conocidos y aromas añorados, de sonidos únicos en silencios que hablan, sin verdades a medias ni mentiras piadosas, son lo que son por ser como han sido.
Los recuerdos son la estela de nuestra vida y huella de nuestro futuro, imágenes que no esperan a mañana, que brotan del alma, del puñado que conforma lo mejor de nosotros mismos, del corazón de la verdad.