miércoles, 6 de diciembre de 2017

La puerta de casa.


Recuerdo que la puerta de casa, como todas las del pueblo, no era una puerta al uso, una puerta para hoy, era una puerta partida en dos, sin planchas de acero, mirillas ni alarmas, con un pestillo sin candado ni motivo y estaba blindada por la honradez, la amistad y la buena vecindad.
La puerta de casa tenía en su parte inferior un agujero cuadrado para el paso de los gatos, cuando el caso es que yo no recuerdo la estancia de ninguno en casa, algo que no me extraña estando dentro mi tío Chiripa. La llave, de pesado metal, colgaba en el zaguán presumiendo de tranquila y oxidada vejez.
Para entrar había que meter el brazo y desplazar el pestillo de la hoja de abajo. Tras el zaguán, el pasillo daba paso a la alegría de vivir, al son del paso de cada día, a las bromas de mis tíos, la desencajada risa de mi abuela y la eterna sonrisa de mi tía Marga. Allí moraba la naturalidad y la generosidad de la escasez, por allí desfilaba cada día mucha y buena gente, buenos vecinos y mejores personas. Una voz bastaba para entrar hasta el corral y enseguida aparecía la eterna sonrisa dando la bienvenida mientras secaba sus manos en el mandil.
El patio daba al cuartel, la pila de fregar a la derecha, una higuera lo centraba y una especie de pequeño palomar encerraba los secretos de mi tío Faustino, secretos violados por mi presencia, por los privilegios de ser el primer y por entonces único nieto de la Señora Andrea.
La puerta de casa, como todas las de mi pueblo, era una puerta partida en dos, con un pestillo sin candado ni motivo, una puerta con entrada libre a verdad, a la dignidad de la humildad, a los valores de mi familia, de mi casa, como todas las del pueblo.

martes, 5 de diciembre de 2017

Un trapo blanco.


Seguro que lo recordáis. Era un trapo para todo del tamaño de servilleta y media, un trapo blanco que pasaba su existencia en el hombro posado, que lo mismo secaba manos que borraba de tu cara el aceitoso rastro de la porrina, que mojado pelaba higos chumbos y seco lamía el sudor trabajado.
Era un trapo áspero que suavemente entre mimos te limpiaba la sangre de la rodilla,  un trapo para ahuyentar moscas, un trapo que sobre sus piernas extendido recogía las migas de picar pan y en su cabeza retorcido amortiguaba el equilibrado peso de la tinaja, un trapo entre sus manos mil veces al día estrujado y mil veces al sol colgado acartonado, un trapo de amor sudado.
Era un trapo del tamaño de servilleta y media, un trapo blanco.

jueves, 23 de noviembre de 2017

El todo de unos pocos.



Nadie somos historia de nada, sólo formamos parte del todo, del todo de unos pocos que serán la historia de los siguientes. 
Yo me crie con mi familia materna, esa es mi historia presente, mi pasado conocido, la memoria que hago vida para que no morir en el olvido de mis siguientes.
Mi abuela paterna, Rosario Rebollo Bejarano ("Arrecía") murió en el año 60, un cáncer la devoró cuando sólo tenía 48 años de edad, no la conocí. Al poco tiempo, en el 62, escasos meses después de mi nacimiento se fue mi abuelo "Porras", José Jiménez Camisón, también muy joven, demasiado jóvenes los dos.
Ambos forman parte de mi historia, del todo de un pasado desconocido, de un ayer sin recuerdos alimentado por las mil historias en la historia, en los relatos que desde pequeño conformaron mi pasado, una vida imaginaria, un pasado sin memoria.
Cuando estoy en el pueblo busco esa historia, familia, hijos de hijos, parientes y amigos de amigos me cuentan, me nutren de pasado, alimentan el vacío en los recuerdos, riegan con relatos la historia de una nada, del todo de unos pocos.
Sólo formamos parte de un pasado sin recuerdos, del todo de unos pocos, de la historia de los siguientes.


martes, 14 de noviembre de 2017

Huevos tontos.


No me acuerdo como los llamaba ella, sé que por otros lares son conocidos como "huevos tontos" pero no era así como los llamaba mi abuela... El caso es que en casa no sobraba nada por lo que nada se tiraba si era susceptible de poder ser comido. 
Recuerdo que los domingos, con el pan duro de toda la semana mi abuela preparaba tostadas de pan frito para desayunar y de vez en cuando, con las migas hacía unas bolitas bañadas en leche y mezcladas con ajo picado, aceite, yemas y una "mihina" de poleo... entre alguna otra cosa que seguro que se me escapa.
Nada ni nadie podrá hacer jamás nada parecido con tanta sencillez, no habrá jamás nada que me sepa igual que aquellas bolitas cuyo nombre no recuerdo, sólo sé que era un manjar de amor sobre un plato blanco y descascarillado, un sabor guardado en el tacto de sus manos, la memoria del paladar y la luz de su recuerdo.
No me acuerdo como los llamaba ella...

jueves, 26 de octubre de 2017

Un lugar para sentir.


Es un lugar especial, un sitio sentido y para para sentir, para encontrarte contigo, con tu historia y pasado. Es una biblioteca sensitiva, son letras sentidas y talladas en libros libres, en vitales recuerdos muertos, de ausencias, un mundo de vidas sembradas en el olvido, en la presencia ignorada que motiva y conforma tu persona, tu presente y futuro, que marca tu vida y sentir.
Es la primera visita, es una llegada a la necesidad, a la sonrisa de aquellos juegos, aquellos besos y abrazos, aquella vida guardada en el almacén del olvido, en imágenes rescatadas a modo de emociones en el recuerdo. Es un paso por la mirada al interior, un breve paseo por el pavoroso silencio del pasillo que nos lleva al pasado, del presente que conforma mi orgullo.

Foto gentileza de Fátima Hernández Martín.

martes, 19 de septiembre de 2017

La receta del amor.

Paseando por el pasado, pensando de paso en personas casi sin rostro, grandes por humildes que me recuerdan una casa pequeña y acogedora, blanca de brocha gorda en palo largo, de puerta sin llave, en dos partida que invita a entrar, a sentirse a gusto y sentarse cómodo.
Son recuerdos gastados por el tiempo y protegidos por el uso, son tesoros rescatados del alma, untados de niñez, de amor puro, de gratos aromas y olores amables, de imágenes arrugadas. de mirada cristalina, de luz caliente, mandil mojado, zapatillas viejas, escobilla de afeitar y navaja afilada. Es un revolcón a la memoria, un rever de detalles, un vareo de la lana, de paliza alñ colchón, un beber del botijo que preside el zaguán, a llegar al patio donde lava la ropa, verla y mirarla, volver a imaginar sus arrugadas manos sacudiendo los nudos de la blancura, su expresión, donde entre pliegues del trabajo asoma su eterna sonrisa, donde brota la alegría.
Pensando en el pasado paseamos por la vida, por el hilo del tiempo y volvemos al ayer de los cajones por descubrir, los armarios por revolver y la eternidad de los recuerdos, imágenes sin luz donde duerme la verdad, donde posa la receta del amor.

lunes, 31 de julio de 2017

Con la mente en blanco.


Estaba yo pensando en lo que cabe en una mente en blanco, cómo en un recipiente tan pequeño pueden entrar tantas cosas y luego lo entiendo, así que se derraman y desbordan... 
Son mucho más que cosas, casas y casos, son sitios y lugares donde caben rostros y aromas, sol y canchos, tinas, botijos, mondonga y buche, donde caben luces sin sombra, idas y venidas, alegrías y penas, sonrisas y abrazos, gestos puros y besos castos.
Entra y ven, siéntate en la eternidad de los suspiros inacabados, en el amor de una mujer, la locura del querer queriendo, de los sueños muertos en recuerdos vivos, en verdades enteras sin mentiras a medias.
Estaba yo pensando en lo que cabe en una mente en blanco, voces amigas en murmullo alegre, sonrisas repetidas en reflejos sin espejo, lágrimas contenidas en nudos de garganta, añoranza sin melancolía, sentimiento en profunda flor de piel, vello erizado como un roce provocado, como una caricia controlada. 
Estaba yo pensando con la mente en blanco, donde caben miradas sin reojo ni sextos sentidos, donde se sienten a raudales los momentos libres, el placer sencillo de la humildad, estaba yo pensando en un lugar infinito sin espacios vacíos, sin huecos libres en el horizonte, donde todo lo ocupa el alma de los sueños muertos, de los recuerdos vivos, de las cosas, casas y casos vividos, de cigüeñas volando en un cielo sin nubes, del corcho apilado de alcornoques gigantes, de bellotas en el suelo y trigo en la era, una mente en blanco con horas de ida y kilómetros de vuelta donde cabe mucho más que todo, donde caben vidas muertas, donde cabe la permanente presencia en el aire de una abuela dándome lo que siempre me dio, todo lo bueno que pudiera tener y lo que no, vida desde su ida.
Con la mente en blanco...