sábado, 17 de septiembre de 2016

La vida de todos.


Vestían de luto media vida, eran enciclopedias vivientes de historias ajenas, auténticas licenciadas en genealogía plantadas a la vera de la vida, viendo pasar el tiempo desde la mesa camilla o a las puertas del zaguán.
Todo empezaba con "¿Y tú de quién eres"? Con eso bastaba para conocerte a ti mismo, para saberlo todo de ti, para respirarte y sentir tu origen. Eran seres sensibles que sorteando la toxicidad de la indiscreción y con la mejor intención de la curiosidad te distinguían a primera vista para después contarte el cuento de tu vida, un relato sin dramatismo con pasajes que te sonaban, que te hablaban de bodas nocturnas, de venta de carros, patada de mula y fincas baldías. Y allí estabas tú, bebiendo de la verdad de una narración contada sin tristeza ni soledad, con el tono del recuerdo afable y el timbre del cariño, con el deje de la historia y el protagonismo que otorga el conocimiento.
Vestía de luto media vida, una vida en vecindad bien concebida, una vida para contar, una vida de todos.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Cuando voy por allí...


Cuando voy me gusta subir hasta allí, ponerme cómodo, sentarme en primera fila de mi vida y cerrar los ojos del presente, me gusta hacerlo sólo o con Lucía, ella lo entiende y me entiende, sabe hablar con la callada y manejar las palabras del silencio.
Cuando voy me gusta estar allí, es limpiar con recuerdos el espejo de la vida, verte como eres y no como quieres aparentar, es reflejar la mirada en la nitidez de la verdad,
Cuando voy subo hasta allí, pedaleo la cuesta de la vida, me impulso en lo selectivo de la memoria hasta dibujar en mi mente las sonrisas del dolor, hasta sentir en el vello el reflujo de mi historia, hasta disfrutar del amor por mi tierra.
Cuando voy me gusta subir hasta allí, hasta el poso del sentimiento, hasta el paso por la vida de mis muertos, hasta la profundidad del olvido.
Cuando voy por allí...

sábado, 13 de agosto de 2016

A veces sueño con ella.


A veces sueño con ella, hago mi pasado presente y la veo sentada en el zaguán zurciendo con sus recosidas manos. En el sueño me mira y no dice nada, solo me mira, sonríe y calla.
Sueño con ella y me invade con su alegría, me rodea con amor en aroma unas veces de pan de leña, porrinas o pimientos asados y otras de pollo frito, bollo o migas bañadas en café. El sueño siempre es el mismo, sólo cambia mi edad. Todo empieza estando los dos solos junto al tinao, en el cancho de siempre y mirando al pueblo, frente a los cochinos y esperando a que se llene la tina de agua. No tenemos prisa, mi abuela nunca tiene prisa por vivir, está sentada con su típico gesto de conforme felicidad, las piernas estiradas y los pies cruzados. Me mira, sonríe y calla.
Aprovecha el tiempo troceando judías verdes que va dejando caer sobre el mandil, luego, con una pequeña navaja de blanca y nacarada empuñadura, me irá cortando rodajas de cominera que alternará con trozos de pan. Mi abuela no dice nada, sólo sonríe, me mira y calla.
Tiene la sonrisa esculpida en su rostro, la boca abierta y los labios vueltos de tanto "olvidarse" la postiza en el vaso, su canoso pelo siempre recogido en un moño. Ahora mira al suelo con una horquilla en la boca mientras se anuda el pelo, yo debo de tener seis años, llevo pantalón corto y es verano, estamos en un mundo de constantes peligros entre cocodrilos azules y escarabajos asesinos, hablando de cosas verdaderamente importantes, de las cosas de un niño de pocos años que juega a ser héroe con un palo como espada entre las manos.
Lleva una camisa negra de cuello pico con lunares manchados de blancura inmaculada en deslumbrantes tonos de honradez, me pela un higo chumbo con un trapo empapado en agua y ella comerá una breva, le encantan las brevas, mientras tanto, yo, metido en faena, reproduzco el chasquido de mi espada cruzando su filo contra la horda de bestias contra los que me bato en terrible batalla para defenderla.
A veces sueño con ella y al despertar lo hago como ella quiere que lo haga, lleno de amor, orgullo y paz, y siempre, antes de abrir los ojos me mira, me mira, sonríe y calla.
Los dos éramos mucho más jóvenes que ahora pero ella estaba viva, no parece que fue ayer, no, no fue ayer ni lo parece, hoy 13 de Agosto de 2016 hace ya 36 años que se fue mi abuela Andrea, Andrea Bautista Borrega "La Quirina", una bellísima mujer que vive y lo hará en mí hasta el fin de mis días.
A veces sueño con ella, es mi pasado presente que unas veces huele a pan, porrinas, o pimientos asados y otras a pollo frito, bollo o migas bañadas en café, y ella me sonríe, me mira, sonríe y calla, es un sueño de amor, un sueño sin palabras.
A veces sueño con ella.

sábado, 30 de julio de 2016

Sentir de fábrica.


Una vida superficial solo sabe a agua, en cambio, cuando sientes un pasado que no miente, cuando el sentimiento viene de fábrica y en tu interior conservas un museo de leyendas atrapadas en el recuerdo. Cuando tienes vivencias agazapadas a flor de piel, cuando rescatas sensaciones de estantería del olvido y los recuerdos asoman sin superponerse en el templo de los inmortales, sin objeciones, sin mesura mental y con el magnetismo natural como más básico de los instintos, es cuando disfrutas del paladar vital, cuando te das cuenta que lo vivido es importante pero lo recordado es lo valioso y que si no eres feliz con poco..., jamás serás feliz con nada.

martes, 19 de julio de 2016

Un lugar donde volver.


Un lugar donde volver, donde callar los silencios, hablar para dentro, amar para fuera, donde abonar la sonrisa pendiente, detener las agujas del pasado, parar los recuerdos del futuro, el tiempo sin tiempo y la calma con prisa, una cuenta atrás en la emoción.
Una droga para el alma, para despertar la memoria de la piel, recordar los aromas del paladar, revivir sensaciones del pasado, para tocar el hoy sintiendo el ayer, para ver sin mirar, para liberar el sentimiento.
Un lugar donde respirar sin aliento, de cuentos en blanco y negro, de contar cochinos, de jugar a vivir, de soñar despierto, de contar ositos, soplar las nubes y escalar al cielo.
Un lugar de mucho, una felicidad con poco, un no pensar en nada, un creer en todo, un abrazo porque si, un beso de metralleta, un quizás sin cuando, sin porqué de los porqués, sin más ni menos, sin cómo ni dónde, un amor abierto, una sonrisa callada, una mirada entrañable, un roce en caricia, una mirada a escondidas, sin pro ni contra, sin hacia ni hasta, un lugar en el alma, una mente en blanco, un rincón en el corazón, una lágrima de amor.
San Vicente, un lugar donde volver.

domingo, 10 de julio de 2016

La garrafa.


La distancia no es el olvido. Mi abuelo "Pinea" era albañil, salía por la mañana fiambrera en mano a sus chapuzas con mi tío Faustino como peón y no regresaba a hasta última hora de la tarde.
Cada día, cuando mi abuelo llegaba a casa, a mi me tocaba la ida y venida hasta el Litri para comprar el vino de su cena. Llevaba para su relleno una pequeña garrafa de cristal, de apenas un litro de capacidad, forrada con una especie de trenzado de mimbre que llegaba hasta la estrechez de su boca con una sola asa por un costado. Hasta podría asegurar que tenía pegada una etiqueta de papel con propaganda de moscatel...
Mis abuelos vivían en el 68 de Hernán Cortés y para ir al Cristo no tenía calle que cruzar y el tráfico de entonces era tan escaso que no suponía precisamente un peligro, el peligro de ir a por el vino era el "Lala" y no precisamente su persona sino el pánico que me infundía, ese era mi temor de cada día.
Yo era un niño forastero y aunque compartía calle y juegos con el resto de los niños, no sé si por lo injusto que me parecía, la educación recibida o quizás y casi lo más probable, por el miedo a sus consecuencias, no veía muy normal eso de burlarse porque sí de una persona para luego salir huyendo por pies mientras sentías como si sus chillidos tuvieran patas... y más, teniendo en cuenta que por la tarde me podía a encontrar con él a solas a la hora de ir a comprar el vino de mi abuelo pero claro y por si las moscas... tampoco me quedaba a preguntar...
Una de aquellas tardes me acompañó mi padre, se había quedado sin tabaco y tenía que reponer sus "Ducados". Al darse cuenta de la situación se acercó a él y digamos que con la mejor de su voluntad, intentó presentármelo. Error, craso error. Recuerdo su imagen agachándose en la cercanía, su risa y sobre todo el volumen de su voz, yo resistía como podía ante los infructuosos intentos de mi padre por sacarme de su protección para demostrarme que no me iba a hacer nada, pero no se le arregló, era superior el miedo que me provocaba aquel hombre.
Hoy, casi cincuenta años después, únicamente el amparo a la imaginación podrían justificar los miedos de entonces y pienso en el pobre Lala y su indefensión ante la crueldad infantil, que no por ser inocentes cosas de niños deja de ser menos cruel.
Según para qué, la distancia no es el olvido y es que eso de la inteligencia emocional está muy bien si eres un ficus, si piensa tu sentimiento o no siente tu pensamiento, si desprecias tu pasado o si tus recuerdos carecen del aditivo emocional necesario que los convierta en memoria imborrable.
Hoy, mi recuerdo gira en torno a una pequeña garrafa de cristal forrada de mimbre, el miedo, las miradas furtivas desde la esquina de "El Litri" y la entrañable figura del pobre Lala porque cuando mandan los recuerdos, no hay distancia ni olvido.

miércoles, 6 de julio de 2016

Paseando por el pueblo.


Pasear por el pueblo es recorrer la avenida del recuerdo, pisar y pasar por el asfalto del pasado. Pasear por el pueblo es enseñar a amar, transmitir sentimiento y vida en envase de emoción, sin más envoltura que no sea corazón y alma, pasear por el pueblo es legar sentimiento, pasión por tu tierra y orgullo por tus orígenes.
Ya desde muy pequeño recuerdo la emoción en el rostro de mi padre al pasear con él por el pueblo, hablarme de cada lugar, de cada rincón y paraje, narrarme sus vivencias a flor de piel, contarme su infancia, su juventud, su noviazgo, sus padres, los trabajos en el campo, la temprana orfandad con la que les castigó la vida. Recuerdo sus lecciones de amor por sus hermanos, sus palabras templadas por el tiempo, hablarme del concepto de familia, de sus tías Porras, del tío Chato, de la tía Mari Juana, de sus primos Luis y Agustina... lo recuerdo todo, absolutamente todo, lo tengo marcado entre las hojas de mi historia.
Me sé y conozco la historia familiar "de cabo a rabo", quién es quién, hijo de quién cada uno, con quién se casó cada cual y cuantos hijos tuvieron. La historia familiar es una asignatura aprobada y con buena nota. Todo lo aprendí paseando por el pueblo.
Recuerdo con especial detalle aquel día. Yo tendría unos siete u ocho años, veníamos hacia el pueblo por la carretera de Alburquerque y de buenas a primeras, mi padre detuvo el coche en un apartado fuera de la calzada y se bajó. A unos viente o treinta metros había una gran encina que se asomaba a la carretera sobre la pared de piedras que delimitaba el terreno, era una encina majestuosa que sombreaba generosamente el lugar en un tramo curvo hacia la izquierda. Mi madre sabía dónde estaba y el porqué de la parada. Se quedó en el coche y le dejó ir, era su sitio y su momento.
Yo no sabía nada, me bajé y fui con él. Mi padre, apoyado en aquella pared de piedras y a la sombra de la encina apenas podía disimular la emoción, la humedad se le escapaba por los lacrimales, yo estaba asustado, no sabía lo que pasaba, simplemente me cogí a su mano y mirándole guardé silencio.
Cuando pudo me lo contó. Me contó como hacía unos años, viniendo andando hacia la finca de Valdespinar junto a su hermano Pepe, en ese mismo punto, a la sombra de aquella encina se encontraron con su padre al que tumbado en un carreta llevaban a morir al pueblo para que sus hermanas pudieran cuidar de él hasta su marcha. No volvería nunca más.
Muchos, muchos años después, yo, el nieto del Señor Don José Jiménez Camisón, "el Porras", cuando paso por ese lugar... reconozco la curva, la encina y la pared, recuerdo aquel momento y reduzco la velocidad.
La curva a izquierdas ya no es tanta curva y el trazado de la modernidad apenas permite demasiado espacio para la detención. Allí sigue la vieja encina regalando su generosa sombra sobre la misma pared de piedras, esa encina que quizás ya no es tan grande como hace años a mi me pareció, allí sigue el lugar donde mi padre vio ir a su padre camino de la muerte, allí mismo, en aquel mismo lugar, un lugar con historia familiar, un lugar de culto para mi padre, hombre al que debo todo el respeto y agradecimiento por haberme sabido inocular uno de los pocos valores que creo atesorar, la pasión por mi tierra y el amor por mis raíces, algo que portaré con orgullo hasta el fin de mis días, algo que aprendí... paseando por el pueblo.