jueves, 26 de abril de 2018

Un día en la memoria.

Mirada de amor, abrazo de ternura, besos de metralleta, pila de lavar, pastilla de jabón, aroma de café, bollo de Pascua.Tina en la cabeza, mano curtida, porrina pa chupar, chorrino de fuente, sobras al suelo, cochinos que gruñen, cielo azul, paseo entre canchos, tía Paula, tío Pedro, calor de primas, María, Tini...
Pollo frito, garrafa del Litri, higos lavados, siesta de calor. Abrazo de locura, besos de metralleta, paseo con Papá, tía Agustina, tío Tomba, silla de madera, pestorejo entre pan, carreras y juegos, calor de primos, Paqui, Joaquín...
Visita de café, Tía Serapia, tio Julio, voces en risas, queso "anaranjao", pan colorao, patatera roja, rosario de corcho, cama de hierro, azulejo floreado, Casera de limón...
De paso se pasa, tío Luis, tía Isabel, prueba caliente, pan "pa" untar, risas, Land Rover al sol, idas y venidas, calor de primas, Luisa, Toñi... 
Juegos en la calle, balón de goma, niños en el Cristo, bicicleta vieja, golosinas del quiosco, sudor de salud, pila de lavar, pastilla de jabón... 
Vida a rabiar, tocino entre pan, cominera, colchón de lana, abrazo a morir, vida a rabiar, buenas noches abuela, sonrisas, besos de metralleta, besos de metralleta... 


lunes, 23 de abril de 2018

El espejo del pasado.


La fotos de tu pueblo, imágenes sinestésicas de aromas conocidos, de sonidos entrañables, sensaciones incontroladas y emociones incontrolables, estampas olvidadas de recuerdos dormidos más allá del alma, en la sima del olvido, un rincón teñido de pasión en el blanco y negro del ayer.
Son santos que te apuntan que la mente está en su punto, que no necesitan la sal de las palabras ni el pellizco de más memoria que la del amor, son sonidos visuales que la nostalgia en una sonrisa, que cierran los ojos para abrir el instinto, que disfrutan del color de las nubes de verano, de gestos de otros, del tacto olvidado de unas manos, del olor de una pastilla de Lagarto, del sonido de una puerta que hace presente la voz de esa eterna ausencia.
Son fotos del instinto, de la mudez de un pasado que vive eternamente, el que te deja llegar y traerlo al presente para mirarte, para verte en el espejo del pasado.

jueves, 19 de abril de 2018

La voz de la verdad.


Un pasado desnudo en personajes vestidos,
un camino con piedras sin tropiezos repetidos,
una pitillera sudada de cuero teñido.
Un porrón de cristal,
un cubo de metal,
una tina de barro,
una tabla de lavar.

Un mechero con mecha,
una gorra de visera, u
nos silencios que no callan a la sombra de la higuera.
Un vestido negro,
un trapo mojado,
unas zapatillas de casa,
un moño trenzado.

Una horquilla entre los dientes,
un gesto paciente,
una sonrisa triste,
un suelo ardiente.

Multitud en silencio,
un abrazo intensivo,
un beso eterno,
una voz en el zaguán avisa que ha venido.
Unas lágrimas que prenden del fuego de la memoria,
palabras mil reídas en cien cuentos repetidos,
aromas que saben a fugaz eternidad,
a sueños vividos y vida pasada,
a la voz de la verdad.

miércoles, 10 de enero de 2018

Siéntate.

Es un lugar para sentarse sin cruzar los brazos, los necesitarás para volar. Allí, con los ojos cerrados, apoyado en la nada, esperando que hable tu pasado, que la vida te diga algo, contemplando el lugar donde vive lo más más íntimo de tu universo, ese lugar al que nadie puede acceder, donde vive la emoción, donde la memoria de unos microscópicos bichitos alimentan tu ternura, donde duerme la inocencia de los secretos confesables, la pasión solitaria y el silencioso eco del vacío, con la luz de la añoranza encendida mientras Fito de lejos te dice… "no sé vivir con sólo cinco sentidos".
Ve, siéntate y no cruces los brazos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Unos hombros sin hombreras.


   Mi pueblo es la puerta de un tinao, táctil belleza del tiempo, como la nobleza de unos hombros sin hombreras, la pureza de una conciencia sin cargo, de unos sueños despiertos en pasajes dormidos. Mi pueblo es limpio como un cielo estrellado, como la mirada de un niño, leal como una manga sin as, una vida sin trampas, natural como una cara sin maquillaje, una piel gastada, un lema de vida, un gesto de honor.
   Mi pueblo es real como la vida, como el ayer del mañana, mi pueblo es de verdad, es una historia sin cirugía, sin corte ni recorte, sin más verdad que la realidad, sin estética que maquillar ni nada que disimular, mi pueblo es el sentir del orgullo, un trance de pasión, la droga sana, la luz de la memoria, de los ojos cerrados, mi pueblo es un abrazo al vacío, a mil escenas repetidas, a una infancia eterna, a las caricias en conserva,  mi pueblo son cantos sin sirena, ruidos conocidos, silencio de recuerdos, paseo entre las nubes, entre lágrimas de amor y sonrisas de ternura. 
   Mi pueblo es la nobleza de unos hombros sin hombreras, de la puerta de un tinao, del poder de su gente, el tesoro de San Vicente.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Despertar en paz.

Siempre que sueño con mis muertos me despierto lleno de paz. A mi abuela la veo con la cara limpia y el pelo recogido, esto creo que debe significar que la recuerdo muy guapa. Siempre está inmersa en el trabajo de su casa y el cuidado de todos.
A mi abuelo lo recuerdo sentado en el corral, con camiseta de tirantes blancos, apoyando sus manos sobre las piernas y una toalla que le rodea el cuello, junto a la pila y recién lavado tras volver de trabajar. En este punto, se levanta, saca la llana del saco, la moja en la pila y la frota contra otra más pequeña rozando sus caras.
Se gira hacía mí, me mira con el cigarrillo colgando en el extremo de esa sonrisa que siempre me pareció un poco triste y amarga, aunque antes pensaba que era porque no estaba satisfecho con su vida y ahora, con la sabiduría y profundidad de mis arrugas, veo en sus ojos que era otra cosa, tal vez una cierta melancolía, la de vernos crecer y saber que el tiempo avanza.
Mi abuela, desde la puerta también me sonríe paño en mano y en sus ojos está esa dulzura que perdió antes de tiempo, cuando le tocaba disfrutar.
Creo que entiendo mi sueño y no me da miedo, siempre me despierta la paz.
Feliz Navidad a todos.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Mi abuelo "Pinea".

Era un tipo sin afeitar, con gorra de botón en la visera, pantalón, chaqueta de pana marrón y palillo en la boca. Debajo lleva un jersey de punto beig, el pelo con la raya a un lado marcada con tiralíneas y de la camisa y los zapatos no me acuerdo. Fumaba Ideales y su imagen le daba un aire de hombre rudo y duro con cara de lo que era, un buen tipo.
Era un buen tipo con pinta de ello, un hombre acostumbrado a recibir collejas impagadas, un hombre que pasó sus últimos años viudo, sentado en su sofá, entre muletas y novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Allí hablábamos de todo sin sacar nunca nada en claro, era todo un filósofo sin público, sin doctrina, él era el que mandaba, un hombre al que se le iluminaban los ojos buscando la razón entre sus historias. Disfruto escuchando a gente así, gente apasionada.
Coleccionaba mil cosas que contar y muchas más para olvidar, él en sí era toda una historia, un cuento fascinante que con palabras pulía el negro mate de su corazón, sin sombra de cicatrices, rencores ni máculas. Una vida con un final mutilado, opaco y apagado. 
Era un coleccionista de golpes y hendiduras, como un personaje de Berlanga, un tipo con carácter y de mala relación alma-cerebro, sin zonas oscuras ni resplandecientes, con mil estampas quemadas por el fulgor de un momento y el dolor más atroz. Era un tipo que valía la pena, un alma afín, alguien con quien juntar a muerte las espaldas en la pelea de la vida, un hombre al que mirar de frente, un tipo al que abrazar.
Todo un tipo mi abuelo "Pinea".