lunes, 11 de diciembre de 2017

Poemas mudos.

La memoria es el oxígeno del viejo, una mascarilla de vida, es la tinta invisible de la historia, la de los poemas mudos que visten de recuerdos, la emoción y temblor de las palabras, la que azota al olvido en defensa propia, la que huele a corcho y bollo, ríe a gritos y se aguanta las ganas de besar.
La memoria es luz sin farola, sombra que juega con la ventaja de las cartas marcadas por el tiempo, ases de la suerte para una partida sin fin, sin vencedores ni vencidos, sin más razón que el destino y la vida.
La memoria tiene aromas únicos, donde el pan no sólo huele a pan, huele a manos y besos, a azúcar y anochecer en el Cristo, a paseo hasta la ermita, ranas en la charca, chuches compartidas, piel caliente y pelo limpio, sonrisas frescas, patatera, cominera y migas en la era.
La memoria es libertad y nostalgia, son manos arrugadas, mirada perdida y sonrisa dispersa, es un requiem de alegría, una peineta a la muerte, es la chispa de vida que solapa ausencias, es ruido de hojalata y escopeta de madera, son voces en la puerta, botijo en la camilla, cortina de colores, tiempo y poesía. La memoria es la palabra de los poemas mudos.



sábado, 9 de diciembre de 2017

Abre la puerta


Abre la puerta, no se me ocurre una forma mejor de vivir que apartar el cerebro no más allá de lo justo y necesario y dejarte llevar por el instinto, los sentimientos y el corazón.  Abre la puerta a tu pasado, cierra los ojos y déjate llevar, respira sus aromas, escucha sus sonidos, siente su tacto y disfruta los sabores del tiempo. 
Abre la puerta y siente el amor, el paladar de tu historia, la porrina, la abuela sentada en la calle, corta como tu madre cominera sobre pan, baña las migas en café, saborea las golosinas del Cristo, el pestorejo de tía Agustina, la prueba de la Isabel, báñate otra vez en la viña de tío Julio.
Abre la puerta y disfruta de los tuyos, siéntate en la barra de la bici, siente la emoción del cariño, vuelve a botar la pelota en el empedrado imposible, acompaña a abuela al horno de pan, pasa a ver a Tía Paula camino del tinao, entra, abre la puerta, disfruta de aquellos gestos, estampas tatuadas en la memoria, mensajes del alma escritos en color, en tinta de vida.
Aparta el cerebro, déjate llevar y abre la puerta.

jueves, 7 de diciembre de 2017

La bicicleta.


Hoy, entrando en el portal me he encontrado con mi vecino Carlos que venía de hacer deporte. Tiene una bici de la leche que por el precio debe incluír tres habitaciones, salón, cocina y baño y eso me ha hecho pensar en que hay dos tipos de usuarios de bicicleta.
Por un lado están los que montan unas bicis de poliglato de carbono oxigenado con un peso al aire de 365´72 gramos y más marchas que un tres ejes. Suelen ir vestidos de licra técnica amarillo-fosforitada, guantes de ñu ventilados anti-roce y mallas “marcapaquete” con protección escrotal testada por la Oficina Europea del Consejo de Presión Asiento-Testicular y supervisada por la NASA.
Por otro lado, está la gente mayor de mi pueblo. Los “abuelinos” suben al tinao de los Canchos Blancos o acuden a arreglar el mundo cada tarde a la Fuente de los Caños en una BH u Orbea de 13 kilos más o menos, de los años 70 con asiento separa-miembros de anchocuero y sin cambio de marchas, construida en hierro de Altos Hornos de Bilbao y lustrada de óxido ferroso envejecido, con timbre de ring-ring y bomba de inflado incorporado.
También están ellas, sus mujeres. que con falda y medias del mercadillo encima cargan con la compra!.
Mi vecino Carlos me ha hecho pensar.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La puerta de casa.


Recuerdo que la puerta de casa, como todas las del pueblo, no era una puerta al uso, una puerta para hoy, era una puerta partida en dos, sin planchas de acero, mirillas ni alarmas, con un pestillo sin candado ni motivo y estaba blindada por la honradez, la amistad y la buena vecindad.
La puerta de casa tenía en su parte inferior un agujero cuadrado para el paso de los gatos, cuando el caso es que yo no recuerdo la estancia de ninguno en casa, algo que no me extraña estando dentro mi tío Chiripa. La llave, de pesado metal, colgaba en el zaguán presumiendo de tranquila y oxidada vejez.
Para entrar había que meter el brazo y desplazar el pestillo de la hoja de abajo. Tras el zaguán, el pasillo daba paso a la alegría de vivir, al son del paso de cada día, a las bromas de mis tíos, la desencajada risa de mi abuela y la eterna sonrisa de mi tía Marga. Allí moraba la naturalidad y la generosidad de la escasez, por allí desfilaba cada día mucha y buena gente, buenos vecinos y mejores personas. Una voz bastaba para entrar hasta el corral y enseguida aparecía la eterna sonrisa dando la bienvenida mientras secaba sus manos en el mandil.
El patio daba al cuartel, la pila de fregar a la derecha, una higuera lo centraba y una especie de pequeño palomar encerraba los secretos de mi tío Faustino, secretos violados por mi presencia, por los privilegios de ser el primer y por entonces único nieto de la Señora Andrea.
La puerta de casa, como todas las de mi pueblo, era una puerta partida en dos, con un pestillo sin candado ni motivo, una puerta con entrada libre a verdad, a la dignidad de la humildad, a los valores de mi familia, de mi casa, como todas las del pueblo.

martes, 5 de diciembre de 2017

Un trapo blanco.


Seguro que lo recordáis. Era un trapo para todo del tamaño de servilleta y media, un trapo blanco que pasaba su existencia en el hombro posado, que lo mismo secaba manos que borraba de tu cara el aceitoso rastro de la porrina, que mojado pelaba higos chumbos y seco lamía el sudor trabajado.
Era un trapo áspero que suavemente entre mimos te limpiaba la sangre de la rodilla,  un trapo para ahuyentar moscas, un trapo que sobre sus piernas extendido recogía las migas de picar pan y en su cabeza retorcido amortiguaba el equilibrado peso de la tinaja, un trapo entre sus manos mil veces al día estrujado y mil veces al sol colgado acartonado, un trapo de amor sudado.
Era un trapo del tamaño de servilleta y media, un trapo blanco.

jueves, 23 de noviembre de 2017

El todo de unos pocos.



Nadie somos historia de nada, sólo formamos parte del todo, del todo de unos pocos que serán la historia de los siguientes. 
Yo me crie con mi familia materna, esa es mi historia presente, mi pasado conocido, la memoria que hago vida para que no morir en el olvido de mis siguientes.
Mi abuela paterna, Rosario Rebollo Bejarano ("Arrecía") murió en el año 60, un cáncer la devoró cuando sólo tenía 48 años de edad, no la conocí. Al poco tiempo, en el 62, escasos meses después de mi nacimiento se fue mi abuelo "Porras", José Jiménez Camisón, también muy joven, demasiado jóvenes los dos.
Ambos forman parte de mi historia, del todo de un pasado desconocido, de un ayer sin recuerdos alimentado por las mil historias en la historia, en los relatos que desde pequeño conformaron mi pasado, una vida imaginaria, un pasado sin memoria.
Cuando estoy en el pueblo busco esa historia, familia, hijos de hijos, parientes y amigos de amigos me cuentan, me nutren de pasado, alimentan el vacío en los recuerdos, riegan con relatos la historia de una nada, del todo de unos pocos.
Sólo formamos parte de un pasado sin recuerdos, del todo de unos pocos, de la historia de los siguientes.


martes, 14 de noviembre de 2017

Huevos tontos.


No me acuerdo como los llamaba ella, sé que por otros lares son conocidos como "huevos tontos" pero no era así como los llamaba mi abuela... El caso es que en casa no sobraba nada por lo que nada se tiraba si era susceptible de poder ser comido. 
Recuerdo que los domingos, con el pan duro de toda la semana mi abuela preparaba tostadas de pan frito para desayunar y de vez en cuando, con las migas hacía unas bolitas bañadas en leche y mezcladas con ajo picado, aceite, yemas y una "mihina" de poleo... entre alguna otra cosa que seguro que se me escapa.
Nada ni nadie podrá hacer jamás nada parecido con tanta sencillez, no habrá jamás nada que me sepa igual que aquellas bolitas cuyo nombre no recuerdo, sólo sé que era un manjar de amor sobre un plato blanco y descascarillado, un sabor guardado en el tacto de sus manos, la memoria del paladar y la luz de su recuerdo.
No me acuerdo como los llamaba ella...