miércoles, 27 de abril de 2016

Soy de San Vicente.

Soy de San Vicente, soy adicto a mi pueblo, a sus gentes y costumbres, al eco de sus vistas, al timbre de su canto, sus calles, silencios, miradas y tacto, a su aroma, sus risas, su alegría y su llanto, su paz y pasión, sus cosas y casas, su imagen y estampa. 
Soy de San Vicente, del negro sobre gris, las zapatillas blandas, la bata de guata y el moño canoso, la porrina de la mano, la tina en la cabeza, el cubo del pozo y la artesa de corcho.
Soy de San Vicente, reo del guionista, el que marca el paso y señala el rumbo de la vida, el que así lo decidió y eligió, el que quiso que quiera a mi pueblo como lo quiero, el que me envenena de emoción, se apropia de mi sensación y me hace presa fácil de sus encantos, quien aromatiza su espacio con perfume de besos lejanos y caricias del pasado, quien utiliza artes de amor en la memoria como modo de dependencia.
Soy de San Vicente, de un lugar mágico untado con recuerdos de infancia y aromas de niñez, dónde las piedras hablan y la memoria regurgita imágenes recónditas, gestos rescatadas del olvido y sensaciones perdidas en el pasado. 
Soy San Vicente, del lugar donde vive mi historia y nace mi pasado, donde empiezo la vida y nace mi muerte, donde se pierde el olvido y renace el recuerdo, cuna de mi existir.
Soy de San Vicente, soy dependiente del amor por mi tierra, la única droga que da siempre positivo. Hasta la muerte.

domingo, 24 de abril de 2016

La camiseta.


Estaba yo aquí tranquilamente sentado tomando café mientras leo la prensa y al ver la camiseta en la cesta de la ropa me he acordado de mi amigo Manolo, que jodío Manolo.... A lo que voy.
En su día fui un forofo del fútbol, hoy por razones que no vienen a cuento pues... como que ya no, como que paso bastante del fútbol y lo único que me gusta de ese deporte es la panzada de cerveza frente a la pantalla viendo el partido con los amigos. Por cierto, no os imagináis como se jincan la patatera roja...
Hace ya un tiempo, me puse en el gimnasio la única camiseta futbolera que tengo, la del Sanvi y por razones obvias. En clase de spinning, o lo que es lo mismo, en clase de "dar pedales a toda leche para no ir a ningún sitio", siempre me subo a la misma bici y a mi derecha se coloca mi viejo amigo Manolo "Pulgarcito", lo de llamarle así es porque mide uno noventa y ocho el chiquitín.
Nada más entrar en clase, me estaba esperando en la bici y en cuanto me ve se fija en mi camiseta y con la retranca gallega que le caracteriza me suelta:
- Coño Pin... ¿Y esa camiseta?
- ¿Pues no ves lo que pone Manolo?  ¿No ves el escudo? ahí dice "Sanvicenteño" y aquí "Concejalía  de Deportes Ayuntamiento de San Vicente de Alcántara", ¿de qué equipo puede ser Manolo?  ¿del Bomberos Voluntarios de Albacete Fútbol Club?,
- Ahhh, pero tenéis hasta equipo de fútbol y todo....
Aaaanda.... mira que jodío el Manolo, mira que cachondo es el Pulgarcito, ¡acababa de tocarle la pocha! haber pedido muerte majete... Ahí empezó todo...
En los más o menos diez minutos que mi forma física y capacidad pulmonar me permitió el poder hablar y respirar de forma simultánea sobre la bici y como tampoco era cuestión de dejar de hacer lo segundo por culpa de lo primero, en ese tiempo, antes de ahogarme me las arreglé para ilustrar a Manolo en su más que evidente desconocimiento sobre la belleza y bondades de Extremadura, le hablé de su cultura, historia, patrimonio, tradiciones, costumbres, gastronomía y encantos naturales, confesándome después que no la había pisado en su vida por lo que me comprometí a hacerle una especie de guía de viaje si él me prometía recorrerla en su próxima ruta en moto, y así fue. Lo hizo, vaya que si la hizo.
Esto fue más o menos por Abril y en Junio visitó nuestra tierra siguiendo el recorrido en círculo que le marqué, Plasencia, Cáceres, Trujillo, Guadalupe, Mérida, Badajoz, Elvas (ya que estamos...), Alburquerque, San Vicente, Valencia y Cáceres. No daba tiempo a más.
Durante esos días hablábamos por teléfono a diario y yo le notaba enormemente sorprendido y sumamente contento del viaje que estaba haciendo pero a su regreso estaba tan satisfecho y encantado con lo vivido, por los nuevos sabores que había catado y el descubrimiento que había hecho de las maravillas de Extremadura que nos saltamos la clase de "sudorosas pedaladas para no ir a ningún lado" para pasarnos más de una hora en una mesa de la cafetería zumo de naranja en mano (esto último no lo digáis por ahí) contándome lo que había visto y lo que más le había gustado de cada sitio visitado. Confieso que escuchándole hablar sobre el carácter y hospitalidad de sus gentes me hacía el culo gorgoritos de satisfacción.
Que jodío el Pulgarcito... Desde entonces su opinión sobre Extremadura es otra totalmente diferente precisamente por estar informado al conocerla, hecho éste que ratifica con absoluta rotundidad el refrán que sabiamente sentencia que "la ignorancia es la madre del atrevimiento" y curiosamente todo gracias a una camiseta, la camiseta del Sanvi.
Es lo que hay.


jueves, 21 de abril de 2016

Contando cochinos.


Hace un rato, hablando con Isabel Rivero sobre la conversación telefónica que he tenido esta tarde con mi nieta, se produjo una combinación de sabores de exquisita y confitada mixtura, lo de poner en modo avión la cabeza es fácil pero con el sentir puedo asegurar que eso no funciona, no es posible y así, sin querer me salió una ensalada flambeada de tres ingredientes a cada cual más dulce. Mi abuela, mi pueblo y mi nieta.
Fue hace dos años, la primera vez que mi nieta pisaba el pueblo, cuando apenas tenía cuatro años. Desde nada más llegar yo esperaba de forma ansiosa aquel momento así que una tarde después de comer, mientras los demás descansaban, cogimos el coche y nos fuimos los dos solos a los Canchos Blancos, sin adosados, acólitos ni ocupas emocionales.  Nos íbamos a contar cochinos.
Evidentemente lo primero que había que hacer era llevar un palo para apoyarnos al andar y defendernos por si nos salía un cocodrilo rosa con los dientes sucios o un ciempiés con zapatillas de correr. Importantísimo lo de ir bien preparados.
La enseñé la ermita por dentro, exploramos huellas de osos amorosos hasta el Cancho del Peligro y aunque las buscamos... no encontramos vacas vestidas de vaca, bellotas cuadradas de la suerte ni hojas mágicas con corazones pintados de rosa. Habrá que volver, los Canchos Blancos es un lugar mágico.
Tras beber del caño, nos sentamos bajo el tinao de mis abuelos, en el mismo lugar y sobre la misma piedra que hace cincuenta años. Contábamos cochinos y nos divertíamos poniendo nombre a cada uno.  Lucía nunca había visto tan cerca "cerditos negros", estaba disfrutando, era feliz, como yo hace cincuenta años en aquel mismo lugar y haciendo exactamente lo mismo, contando cochinos, allí sentado, con mi abuela. 
No estábamos solos, éramos tres, allí estaba presente su recuerdo brotando desde lo más íntimo y mágico del lugar y por un momento, pensando sin querer pensar, la imaginé jugando con mi nieta, riendo abiertamente y sin complejos mientras se la comía con sus besos de repetición, acariciándola con aquellas cálidas y rugosas manos cuyo tacto nunca olvidaré, fue un imaginar bello y terriblemente duro, tanto que no lo volveré a hacer jamás.
Volvimos a casa y al llegar yo disimulaba lo indisimulable. Evitaba las miradas y de hecho, mientras Lucía contaba la aventura vivida salí a recoger una leña innecesaria. Aunque no me dijeran nada mis hijas sabían lo que había, dónde habíamos estado y lo que habíamos hecho, lo entienden y respetan solemnemente. Ellas lo sabían y se esperaban que hiciera lo que hice, lo mismo que en su día ellas vivieron, lo que les había contado mil y una vez, el dar la continuidad debida a mi pasado, convertir en ley privada el íntimo uso de mis recuerdos, hacer lo que me pide el corazón y empujado por el lugar al dictado de un amor sin fin, revivir a mi abuela en mi tierra, en la magia de mi pueblo, junto al tinao donde tantas ratos de niño pasé con ella, darle vida, hacerla presente compartiendo con Lucía aquellos momentos como conmigo hacía ella hace cincuenta años, dar voz muda al silencio de mi devoción y sobre todo disfrutar de mi nieta con el infinito amor que a mi abuela debo y que por su pronta marcha no le pude devolver.
Mi abuela Andrea está presente en mi, como siempre ha sido y siempre será, en lo más profundo de mi ser, desde siempre y para siempre. Cincuenta años después todo sigue igual, nada ha cambiado en aquel mágico lugar de San Vicente, aún me veo allí sentado con mi abuela, contando cochinos.

martes, 19 de abril de 2016

Colorín colorado.





Erase una vez un lugar donde los silencios hablan, donde el tiempo tiene otra dimensión, donde los aromas tienen rostro y los colores tacto, erase una vez un lugar tan sensorial que las palabras adoptan una desnudez casi pornográfica.
Erase un lugar de Corpus colorido y cielo colorado, un lugar de cuento para contar recuerdos, donde las casas con los años cambian de tamaño y las calles encogen con la edad, un lugar con sitios sitiados por la emoción, parajes rodeados de memoria y caminos surcados a ras de piel.
Erase una vez un lugar con rincones indefinibles, parajes únicos e irrepetibles, imborrables en el recuerdo, seductores y poseídos por un amor desmedido, erase una vez un cuento que cuenta de un lugar hechizado por ​el pasado, perfumado por el sentimiento y adorado por el más intimo de los afectos, donde lo invisible es sensible y el amor tangible.
Erase una vez un lugar de migas compartidas y gazpacho de poleo, buche, mondonga, cominera y patatera, un lugar con la vida debida, luz blanqueada al sol y resóleo a la sombra, de pasión esculpida y miradas puras, de besos abiertos y abrazos cerrados, un lugar cálido de espacios vivos, sin apariencias que engañen ni males que vengan bien, sin dulces margosos ni arrieros en el camino, erase un lugar mágico, erase una vez un lugar de cuento.
Y colorín colorado..., a San Vicente hemos llegado.

sábado, 16 de abril de 2016

La trampa del paraíso.

Contente y aguanta, no te acerques por allí, ni se te ocurra porque caerás en la tentación, morderás la fruta prohibida, pecarás de pasión y ya será tarde, ya no habrá remedio ni solución.
No vayas, no tientes a la suerte. Te ligará su historia, su nobleza, te contagiará la sencillez y naturalidad de sus gentes, apestarás a normalidad y modestia. Es sumamente peligroso, no vayas, ni te acerques.
No vayas, no se te ocurra porque caerás en su red y aplastado por sus argumentos, serás presa fácil, te mostrará la manzana y caerás, te convencerá con el tinte de sus tonos, la magia de sus colores, la mezcla de sus aromas y la amalgama de sus sabores. Te engancharás a la alegría de sus gentes, su hablar cantarina y el deje de su optimismo. 
No vayas, ni te acerques, probarás su prueba, catarás su mondonga, su chacina, sus bollos y porrinas, memoria a cucharadas que te harán esclavo de sus sabores, víctima de tu paladar y cautivo de tu pasado.
No vayas que volverás, volverás y subirás a mirarlo desde la balconada de tu intimidad, a solas con tu compañía, te sentarás junto al tinao, cerca de la ermita y sentirás como te atrapa el brillo de su luz, la dulzura de su imagen  y la belleza de su estampa, vivirás la caricia del entorno, el brote de las emociones, la plenitud de las sensaciones y la doctrina de los recuerdos. Puro, sincero, sin tinieblas, con la transparencia de un amor sincero.
No vayas, lo que no se conoce no se ama, no vayas al pueblo, San Vicente es así, monte de orégano, pelos de punta, cuna de lo entrañable, baúl de los recuerdos y lágrimas al aire, San Vicente es... la trampa del paraíso.

Hasta el infinito y más allá.

Cuando viniendo por Salorino tienes que disimular tu flojera al divisar su pueblo en la lontananza, cuando se rompe tu emoción por el lacrimal y descompones la viril figura que aunque de lejos se te supone, cuando se te escapa el sentir, cuando transpiras devoción por tu tierra y pasión por tus raíces.
Cuando mil y una veces sentaste a tus padres en el sofá de los relatos para mil y una veces escuchar la historia de tu historia, cuando conoces Cobacha, Mayorga o Valdespinar como si allí con ellos hubieras pasado su pasado, cuando vives con delirio las crónicas de la memoria oyendo a tus padres hablar de sus padres. 
Cuando has sentido en cercanía la fascinación de un noviazgo infantil, las furtivas escapadas al pueblo, las mañanas tristes tras noches alegres, una ausencia temprana, una boda enlutada, un parto complicado, una coz en la cara, un blanqueo de fachada, el calor de una siega o la ruina de una tormenta, cuando por conocer tu historia sabes quién eres y de dónde vienes.
Cuando paras siempre en la sombra de aquella curva, una curva sin sol donde tu padre vio por última vez con luz de vida a su madre, cuando sin haber nacido has vivido momentos, trances, dichas y desdichas del pasado, cuando has sentido muy dentro los momentos álgidos por su dulzura o trágicos por amargura, cuando vives con intensidad la verdad de una transmisión tan íntima como real, cuando vives tu pueblo en la distancia, cuando coses, zurzes y remiendas los recuerdos en el blindado rincón del alma, cuando pasas y repasas tu memoria, cuando la respiras con ansia, cuando te guía el aroma del paladar, el perfume inoculado en tus entrañas y las sensaciones de la piel, cuando manas orgullo por tu tierra y cuando rozas lo cursi de una hagiografía al escribir sobre ella.
Cuando rebosas verdades de las de verdad, de la auténticas, de las que el paso del tiempo no puede distorsionar, cuando los hechos y actitudes son ratificadas por extraños para una constancia tan innecesaria como íntimamente gratificante, cuando vienes de un pasado en humildad y un ayer de verdad para edificar un presente verdadero, cuando sabes quién eres porque sabe de dónde vienes, cuando vives lo que sabes, sabes lo que sientes y sientes lo que dices, entonces llevas el orgullo por tu tierra y por su gente hasta el infinito y más allá, mucho más. 

Un lugar así.

No existen los lugares más bellos del mundo, no hay miradores con las mejores vistas del mundo, no existe el rincón más espectacular. Hay miles de sitios especiales, cientos de puntos representativos, decenas de parajes singulares pero solo uno es el único, el que te transmite miradas, recuerdos y lágrimas, el de los momentos, instantes, tiempos y pasajes, el del sentimiento y la sonrisa del alma. Sólo uno.
Sólo existe uno, el del corazón abierto y la afección flagrante, el del cariño al aire y el amor a borbotones, el de los pelos de punta, el que te eriza la piel, el del aroma a niñez y el tacto arrugado.
Sólo existe un lugar así, el del negro sobre negro y los besos de metralleta,  el lugar donde se guarda el pasado, donde arraiga la vida, donde nace la emoción, donde tiembla el alma y se encogen las entrañas,  donde se emociona el pensar y se desborda el sentir.
Sólo hay un lugar único, sólo existe un lugar así, mi pueblo, San Vicente de Alcántara.