sábado, 16 de abril de 2016

El llavero.


La llave de mi moto va en un llavero al que tengo especial cariño, me lo regaló Susana la última vez que estuve allí. No es un llavero de plata con el emblema BMW, Mercedes, Audi ni milongas de esas, para nada. Es un llavero precioso, un llavero que llama la atención y además, por su composición no me ralla la tija. 
Es un cordón rojo en el que por un extremo tiene un aro para la llave y en el otro un nudo para que no se escape el tapón de corcho al que atraviesa, pero ojo, cuidado que no es un tapón de corcho cualquiera, es un tapón con el escudo de mi pueblo y la inscripción "Excmo. Ayto. San Vicente de Alcántara" marcado a lo largo. Tela con el llavero! Es un llavero precioso, el llavero digno de mi Venus.
Esta mañana tenía que hacer algunos recados, ir a correos, a la farmacia y a comprar cuatro cosas, el caso es  que bajé al centro con ella y cuando la estaba aparcando, mientras guardaba el casco en la maleta se me acercó un conocido con el que he salido algunas veces de ruta en grupo y al fijarse en el llavero que colgaba del cofre, de forma irónica me comenta... "Coño Pin, ¿No te da vergüenza llevar ese llavero en una pedazo de moto como ésta?"... La jodimos, pobre incauto, encima que por lo pijo y estirado que siempre me pareció no me cae nada bien, acaba de pifiarla al preguntarme de esa manera sobre el llavero de mi moto, el llavero con un corcho que porta el escudo de mi pueblo.
Conté hasta tres para no desenfundar la viperina y exponerle el motivo de tan especial e íntimo argumento, porque al final..., paqué!, no merece la pena.
A ver como le explicas tú a alguien tan superficial los motivos para llevar ese llavero en la moto, un llavero que no es un simple llavero de corcho, es un llavero de corcho de mi pueblo, con el escudo y nombre de mi pueblo, con lo que ello significa para mi, intenta hacerle ver a alguien tan trivial tan vacío y Barriosesamista lo que conlleva y representa el corcho para un Sanvicenteño.
Yo entiendo que en esta botica en la que pasamos los días tiene que haber de todo, seguro que el muy pijo por ignorancia no sabe ni de dónde se extrae el corcho, así que al final para no perder el tiempo ante semejante mindundi opté por el camino más corto..., "Me lo regaló una amiga, es para no ahogarnos y flotar en caso de inundación", y allí le dejé, dando vueltas a la cabeza...
Ahora vas y lo cascas.

Mi tío Domingo.

Estoy escalando por la estantería de la memoria, ¿Cual es vuestro recuerdo más antiguo? El mío, creo que es ese que apenas asoma por la última balda, si, ese. Lo bajo y os lo cuento.
El recuerdo más antiguo es el de ir sobre los hombros de mi tío Domingo, el tercero de los hermanos de mi madre, con los dedos metidos entre su pelo, más largo por cierto de lo que suelo recordar como habitual en él o que mis manos eran muy pequeñas, no sé. 
Debo de tener tres o cuatro años, no más porque mi hermana Andrea aún no ha nacido y bajamos por la Lancha Olivera, antes de llegar a casa de mi Tía Paula. A la altura de su puerta paramos. Allí está ella, sentada con otra señora, a la sombra y en el sitio de siempre, con las piernas totalmente plegadas y sus brazos rodeando las rodillas contra sí. 
Viste totalmente de negro, medias, mandil y zapatillas del mismo color, igual que la vecina que la acompaña. Al oírnos hablar, sale del interior mi tío Pedro en camiseta blanca de tirantes de esas de toda la vida, aparece entre una cortina de macarrones de plástico, se viene secando el cuello con una toalla. Hablan entre ellos.
María y Tini están llegando en dirección contraria, vienen juntas a casa, son las primas hermanas de mi madre, unas mujeres buenas con la que no tuve todo el trato que me hubiera gustado. Son muy jóvenes en ese momento, sonríen mientras me miran y asienten, creo que por algo que les está contando mi tío mientras que mi padre, mi madre y mi abuela llegan por detrás. Mi padre viene con una pajita en la boca, mi madre cogida de su brazo y mi abuela, sonriendo como siempre, pelando un higo chumbo con un trapo en las manos que supongo será para mi, como siempre hacía.
La calle que baja es larga y ancha. Hace mucho calor y el cielo está despejado sin un par de tristes nubes donde buscar osos. Huele a pan y tierra caliente así que supongo que estamos en verano, rondando el mediodía.  Recuerdo mis dedos tironeando de su pelo, sus ásperas manos de peón me agarran por los tobillos, las gotas de sudor corren por su cuello, un cuello tan grueso para mis piernas que casi no lo abarcan. 
Mi tío huele a tabaco negro, un aroma que destaca sobre los demás olores y recuerdo estar muy contento, veo la vida desde el poder de su altura, desde la atalaya que es mi tío Domingo, lo que con el tiempo fue mucho más que un simple tío, un hombre que es más fuerte y más alto que Urtain, un ser al que adoro, un coloso casi mítico con el que apenas estoy un mes al año.
Soy feliz allí, subido en la balconada de su estatura, dominando el mundo junto a él y con él, con mi tío Domingo.

La caja.

Ayer por la arde pasé por casa de mis padres, estuve de charla un rato con ellos y me vine a casa con la "caja de mi pasado" bajo el brazo. Esa caja es un tesoro de un valor incalculable, sin tasación, sin precio, hay verdaderas joyas de las que no tenía ni idea de su existencia, si la riqueza se midiera por sentimiento, me río yo de las Koplovich esas...
En esa caja hay fotos, muchísimas fotos y muy antiguas, antiquísimas. Fotos con historia y mucho significado. Esa caja es una amalgama que rebosa vida y vivencia, relatos y anécdotas, biografías y crónicas, cuentos, anécdotas, ilusiones, dolor y lágrimas.
Allí está la juventud de mis abuelos, de mis tíos, de mis padres, fotos vetustas que por su estado de deterioro necesitan una atención más que urgente por mi parte. O las escaneo y plastifico o se perderán para siempre y eso no lo puedo permitir.
Una vez en casa, pasando revista al pasado, de repente me invadió un sentimiento de urgencia, allí hay fotos tamaño carnet de mi abuela, recordatorios de obituarios de mis seres más queridos, de primeras comuniones, cartas, postales de viajes de novios y hasta menús de bodas. Allí hay fotos de mi niñez en el pueblo, documentos auténticos, nada de facsímiles, son fotos entrañables, fotos lejanas en el tiempo y cercanas al corazón que necesitan mi atención urgente. No se pueden perder jamás.
Unas fotos me hacen reír, otras sonreír y otras... disimular. Hay fotos exactas, idénticas y calcadas a las esculpidas en mi memoria, imágenes de familiares muy queridos que faltan desde hace muchos años, fotos de lo que antes era que hoy no es, fotos que debo conservar porque son imágenes que no están más que en mi recuerdo.
Ahí está el Cristo de entonces, el que yo recuerdo, aquel que cruzaba corriendo de miedo cuando veía a "El Lala", recuerdo, aquel valle del medio que siempre me olía a churros, aquella interminable subida de Muñoz Torrero que de mayor encogió su tamaño, allí está mi más que tío Chiripa con su bici, mi querido tío Domingo el día que me regaló mi primer traje de fútbol, sus primas Tini y María, hijas de mi tía Paula, ahí está la dulce expresión de mi abuela mirándome, estampas de mi pasado, de mi historia, de mi vida. Ahí está lo que soy y de dónde vengo. Ahí está mi memoria, en una caja.
Esa caja está repleta de historia e historias, de vida y vidas, vidas origen de quien soy, la historia de mi familia, de tantas y tantas personas que hoy no están y forman parte de mi emoción, imágenes de mi pasado.Todo en una caja, una caja llena de sentimiento, de afecto y efecto, de sensibilidad y ternura, es toda una historia en una caja de cartón.
Que curiosa es la vida, la historia, emociones y origen de una persona en una caja de cartón.
No pienso pensar.

Casi.


- Tú de dónde eres Pineda?
- Yo soy extremeño, soy de San Vicente de Alcántara, un precioso pueblo de Badajoz.
- Pues no tienes acento... 
La jodimos!, ya estamos con lo de siempre, como casi siempre, casi. No sé qué es lo que esperaba, eso es lo que nos pasa a los que presumimos orgullosos de ser y sentirnos extremeños pero no tenemos el deje de la jacha, jigo, jiguera, mijina, o poquinino, es como si por ello tuviéramos que mostrar el deeneí para demostrarlo.
Vamos a ver, pacer se pace en cualquier sitio, la vida te va marcando el paso y el destino te señala el camino y así, sea cual fuere la causa, pacer se pace unas veces donde se quiere y la mayoría de las veces donde se puede, lo que hace falta es poder pacer y anda que no hay pacenses paciendo por ahí fuera...
Otra cosa es el nacer, quieras o no sólo se nace una vez, en un lugar y en el caso de muchos de nosotros, naces donde lo marca tu historia, donde parten las raíces, donde vivieron tus antepasados, tus ascendientes más lejanos, tan lejanos y remotos en el tiempo que las generaciones obnubilan tus orígenes, donde tienes tantos por encima que es imposible llegar a la copa genealógica, donde se confunde y hasta ignora por compleja la fuente germinal, lo elijes donde naces, naces donde tenías que nacer y punto. Ahí nací yo.
El destino te puede hacer dar mil vueltas y acabar en la otra punta, allí te estableces y desarrollas tu vida, creces, estudias, trabajas, te casas, tienes hijos, crecen, estudian, trabajan, se casan y te hacen abuelo. Estás donde tienes la vida, donde el pasar de los años te marca la normalidad del itinerario, horario y calendario de la existencia, te sientes bien, tienes tus amistades, socializas tu vivencia, vives mimetizado en el entorno, eres moderadamente feliz, tienes tu familia, tu círculo, tu ambiente y casi eres uno más, casi. 
Vas al pueblo cuando puedes, a donde naciste, allí apenas te queda familia y conoces a muy poca gente pero vas, lo necesitas. Respiras con ansia, te sientes bien, confortado y confortable, paseas por donde paseaban los tuyos, hueles tus raíces, refrescas la mente, tocas la puerta de tu casa, vas a la charca, subes a la ermita, te sientas donde te sentabas con tu abuela, exactamente en la misma piedra, tu memoria no falla y hasta tienes fotos del momento, tocas el caño de aquella misma fuente, permaneces en silencio, te brota la emoción entre los recuerdos, repites una y mil veces el camino que te dicta la memoria y el corazón, no hay más protocolo que el sentimiento, que la involuntaria querencia del desorbitado amor por tu tierra, de la pasión por lo tuyo y te sientes bien, estás donde quieres estar , donde casi eres uno más, casi.
El casi es inevitable, aquí y allí. El rumbo del pasado en su día te marcó el camino, vives donde no has nacido y no has nacido donde vives, casi pero no eres de aquí porque casi eres de allí. Yo soy extremeño declarado, Sanvicenteño confeso y Santicentómano vocacional, allí está mi pasión, mi emoción, mi pasado y mis más íntimos recuerdos pero aquí está mi vida, mi familia, mi presente y no sé si mi futuro aunque, siempre seré de allí, siempre, porque el hombre pace en cualquier sitio, unas veces donde puede y otras donde quiere porque pacer hay que pacer, pero nacer se nace donde tiene que nacer y yo, yo soy de donde nací, o casi.

Mi abuela Andrea.


Mi abuela Rosario murió antes de yo nacer, mi abuelo José muy poquito después, por lo tanto no pude disfrutar de ellos y como tales ejercieron conmigo mis abuelos maternos, Domingo y Andrea.
Unos cuantos años después, el cuerpo envejece pero la mente no y el corazón, mucho menos. Hoy, unos cuantos años después, tengo una nieta que en Mayo cumplirá séis años, se llama Lucía y entre los dos tenemos una relación muy muy especial, y para mi, de lo mejor de mi vida. 
Mis propias hijas me han mostrado, o mejor dicho, me han hecho ver con ejemplos la repetida e idéntica transmisión de hechos, sentimientos y actitudes que sin pretenderlo tengo con Lucía con las que practiqué con ellas como padre, me dicen que intento ser el abuelo que mi abuela fue, que enseño a la niña lo mismito que a ellas les enseñé, que les cuento las mismas cosas que a ellas las conté y que juego con ella a lo mismo que con ellas jugué, vamos que unos cuantos años después sigo buscando con ella hipopótamos en las nubes, cocodrilos bajos los canchos, ciempiés con calcetines y cigüeñas con traje de baño. Y es verdad, sin quererlo, guiado por lo vivido hago con mi nieta lo que hice con mis hijas, no conozco otro método de transmisión mejor que el que mi abuela me dedicó.
Me han llegado a decir que vierto en mi nieta amor de forma obsesiva, quizás tengan razón, quizás sea porque me sobra, el que le debo a mi abuela, el que por haberse ido tan pronto no le pude devolver.
Cuando se fue yo ya tenía 18 años, se fue muy joven, demasiado joven, pero aprendí mucho de ella. Tuvo tiempo para enseñarme a compartir, a mirar y ver, a quedarse siempre con lo bueno, a dar sin necesidad de recibir, a disfrutar de las pequeñas cosas, a ser  feliz con poco, a ilusionarme, a querer y hacerse querer, a no hacer daño a nadie y sobre todo, por encima de todo, a intentar siempre ser buena persona. 
Ella hablaba conmigo, de mis cosas y a mi altura, no fingía, se interesaba y me dedicaba tiempo, palabras, silencios, miradas y gestos. Solo y a solas, conmigo y para mi.
La primera vez que llevamos a Lucía al pueblo, hice con ella el mismo camino y fue emocionante, muy emocionante, dejamos a todos en casa y nos fuimos los dos solos a comprar la porrita y después, mientras se la iba comiendo, hablábamos de sus cosas, de nuestras cosas, cogidos de la mano y camino de los Canchos Blancos, igual, exactamente igual que unos cuantos años después, aguantando el torrente de vivencias, emoción y lágrimas, pensando en ella, en mi abuela Andrea, en una mujer inolvidable.


Han pasado años, unos cuantos años.

Crecer por dentro.


Evidentemente y a no ser que seas más rancio que la cecina de un mamut, lo natural es que cada vez que vayas al pueblo conozcas y te presenten nuevas personas y ahí viene lo gordo, el examen del "Doctorado en historia grado tres" y da lo mismo que abandonaras San Vicente al volver de la mili o antes de empezar a andar, eso es lo de menos y así pasa lo que pasa, más cuando como en mi caso te apellidas Jiménez Pineda Rebollo Bautista Camisón Bejarano Rabazo y Borrega, vamos, que con estos apellidos te pueden salir parientes hasta por los grifos.
Situación. Bar "El Litri", a cualquier hora de una tarde cualquiera:
- Chaaaacho chacho!!! osea que tú eres el nieto de la Señora Andrea la Quira!!!
- Pues si, soy el hijo de Angelita, la mayor la mayor de sus hijas.
- Uy Chaachooo, pero si somos parientes!! si hombre si!!! yo conozco a tu madre, que se casó con un "Porras"!!!, ​y a tus tíos, como no... me crié con tu tío Chiripa y jugábamos juntos al fútbol, cuando le veas le das recuerdos de Juan, el hermano de Lucero el "Mangajón", el que se casó con la hija del "Pichina", la cuñada de tu tía Gloriosa la "Mosqueá", ¿Ya sabes quién es no? claaaaaro, la de tu tío Nicasio.... y dáselos también a tu tío Domingo, que se llevaba muy bien con Miguel el "Mingorrino", el que se casó con Juana "la Picantona", que era nieta de María​ "la Buchera", la prima hermana de tu abuela Rosario "La Arrecía"... Tú díselo, díselo y verás.... 
Tú, que ya estás más liao que el fontanero del Titanic, al no saber por dónde te está dando el aire, no te queda otra que poner cara como de pensar.... y dices...
- Pues no caigo.... pero mira es que yo no me fui ...
- Como que no, si hombre si... tú pregúntale a tu madre y verás...
Ahí, totalmente bloqueado al no poder asimilar todo lo que en cinco segundos y medio te ha soltado este hombre con todo el cariño y la mejor de sus voluntades, es cuando el disco duro desconecta en defensa propia y cuando estás a punto de desistir de tan siquiera intentar relacionar tanto cruce de nombres, motes y parentescos es cuando en evidente ejercicio de auxilio y remolque, se acerca tu primo desde detrás de la barra y te dice...
- José Antonio, mira, ese que está ahí sentado leyendo el periódico es primo hermano de tu madre.
Psss, ahí la cosa cambia, cuidadín que eso ya es otra cosa, por mucho que pueda liarse la madeja, un primo hermano de mi madre no dejará de ser un primo hermano de mi madre y punto, vamos, lo que es un primo hermano y ahí no me pierdo, hasta ahí llego.
Se acerca el hombre una vez avisado y tras una cordial y mutua presentación efectivamente te dice que es hijo de Noséquién, una hermano de mi abuela Andrea. Ese es el momento, ahí sí, ahí es cuando empiezan los relatos del pasado, cuando te dice que hace como cincuenta años que no ve a tu madre porque él también emigró hasta que se jubiló y que a ti te conoció de niño. Te habla con afecto y como si nos conociéramos de toda la vida, ahora es cuando disfrutas de una charla que refresca tu vida, te habla de personas que te suenan, algunas hasta has conocido y donde la "ubicación espacial" tiene  un sentido lógico, te están reviviendo tu propio pasado mientras escuchando disfrutas más que un gorrino en un charco. Ahí si.
Después de un buen rato y muy agradable conversación en el mejor y más cálido de los ambientes toca la hora de retirarse, te despides cariñosamente de todos y nada más salir de allí, sin querer se te dibuja en la cara una indisimulable sonrisa, un gesto que te nace desde la conformidad de lo más profundo de tu ser. 
Quién te acompaña te conoce, sabe que es tu momento, estás emocionado, las palabras que te han dicho coinciden con lo que sabes, te han contado unas cosas que ignorabas, otras que conocías y algunas que te sonaban y estás encantado, orgulloso, henchido e hinchado de satisfacción, te han hablado de lo muy buena persona que era tu abuela, de las cosas que hacía por los demás, de como se portaba tu abuelo con todo el mundo a pesar de su más que humilde escasez, te han contado cosas de tu madre, de tus tíos, de lo buena gente que eran, te hablan de tu familia, de todo, te han hablado de ti. Te han reconciliado con los verdaderos valores de la vida.
Sales de allí feliz, altivo por tus orígenes, orgulloso de tu gente y de tu pueblo, por eso digo y siempre diré porque así lo siento que ir a San Vicente, ir al pueblo, es ir a mirar la vida con la vista en el pasado y de paso, ...examinarte de historia.

Acércate.


Acércate hasta allí, date una vuelta. Yo siempre he dicho y así lo siento, que el ir al pueblo viene bien, es como ir a pasar la ITV emocional, renovar el orgullo del origen, la identidad y reencontrarte con tu pasado, nada de ejercicios espirituales ni milongas de esas, lo que hay que hacer es ir al pueblo. Volver.
Puede que incluso hagas como yo. Según llego lo primero es ir al cementerio, siempre lo hago, es un principio básico de actuación, una obligación moral, entre por donde entre, venga por donde venga y vaya con quien vaya, lo primero es lo primero, visitar a mis abuelos paternos, digamos que es como hacer un breve "Viaje al futuro" para comprobar que todo está bien en tu pasado.
En cuanto entres en San Vicente, cuando quieras darte cuenta ya estarás ejerciendo de vampiro emocional. Llegas, aspiras, respiras, hueles, paseas, recorres, saludas, charlas y absorbes toda la esencia vital que puedas almacenar, todo lo que te quepa dentro para alimentar y conservar la pasión por tu tierra, rellenar el saco espiritual, nutrirte del lugar, de tu historia y la nobleza de sus gentes. Crecer por dentro.
Lo notas, te urge, querrás pasar por la charca donde de niño pescabas ranas con tus tíos, por El Llano, querrás disfrutar de una porrina, seguir por la calle Larga, el Cristo, sobar la puerta de la casa de tus abuelos, subir Muñoz Torrero, la Lancha Olivera, ir a la ermita, sentarte en los Canchos Blancos, asomarte al tinao de tus recuerdos, hacer lo que de niño hacías cada día con tu abuela y sentir, notar tu tierra, el suelo, los orígenes, las vivencias, respirar el aroma de tu pasado, tu historia y sobre todo rellenarte de ti, crecer por dentro.
Acércate hasta allí, date una vuelta.